Traducción de la Pra Ana Teresa Van der Horst que agradezco mucho

 

El compromiso, una disposición interior: ellos cuentan para mí. 

Los niños y las familias con quienes se podrá tal vez hacer un buen trabajo son aquellos que lograron tenerme confianza y contar conmigo, abriéndome las habitaciones significativas de su casa interior.  Pero recíprocamente, de mí hacia ellos, se pudo lograr que ellos cuenten de la misma manera para mí.  Verlos sentados en la sala de espera hace salir mi sonrisa, tranquilizando y alegrando al menos a los más jóvenes y dándoles deseos de dejarse ir, de confiarse y hablar de ellos mismos.

 

Ejemplo: Al entrar en mi consultorio, espontáneamente y sin haberlo planeado, yo le ofrezco un pedazo de bizcocho (que quedó de una fiesta del equipo de trabajo) a Lisa, pequeña autista balbuceante de 4 años; en otra ocasión lo ofrecí a Gilles, taciturno muchacho de 8 años que sufre del síndrome de Asperger.  Gilles lo envuelve rápidamente en una servilleta y lo guarda en el bolsillo de su padre para comerlo en su casa.  Lisa lo ignora mientras canturrea.

 

Otras veces, yo les hago un guiño o un pequeño chiste verbal.  A veces incluso saludo a los menores con un “Hola, gran jefe”, o un “Hola, bella, ¿cómo estás?”, con una sonrisa que manifiesta mi interés por ellos.  Así, de golpe, el gran jefe baja la guardia un poco y la bella está más dispuesta a brillar con toda su luz.  En cuanto a mis estereotipos sexistas, bah, ustedes pueden achacarlos a mi edad, y espero que me lo perdonen… 

En la sala de espera, el que una familia falte a la cita sin avisar es algo que me preocupa.  Yo no tomo muchas notas escritas, sin embargo escribo los datos en mi memoria viviente. Al principio me equivoco un poco, hago que me repitan un nombre, un elemento de la genealogía, y les ruego que me excusen. Pero rápidamente puedo comentar: “Ah, sí, Celina, tú me dijiste, no es así, que tu escuchabas mucho en la clase y que eso te facilitaba la vida porque en la noche ya no tienes ánimo para estudiar…”.  “Thibaut, tu me contaste que hace cuatro años patinabas mucho, incluso eras campeón de acrobacias antes de que en tu ciudad suprimieran las pistas”.  Y el niño, el adolescente e incluso el adulto puede sentirse importante por haber sido importante.  Lo suficientemente importante para que yo me acuerde de algo que dijo, a veces anecdótico, a veces algo valioso para él.

 Ellos son tenidos en cuenta:un interés verdadero. 

Ellos cuentan: el término implica fundamentalmente el reconocimiento en ellos de un pensamiento personal y el estimularlos a elaborarlo y a expresarlo, lo cual no siempre significa que yo piense lo mismo con ellos.

Las personas que están frente a mí son interlocutores válidos,a quienes me agrada escuchar expresar sus pensamientos, y a través de quienes regularmente me siento enriquecido o desestabilizado en mis certezas.

 

Ejemplo: Lilou (18 meses) fue confiada por un día a su abuela en vez de ir a la guardería debido a que tenía fiebre.  En la guardería su papá, bien organizado, va a buscarla todas las tardes alrededor de las 5 p.m.  Después de un día de divertirse las dos juntas en casa de la abuela, Lilou se dirige espontáneamente hacia la puerta de entrada alrededor de las 4:45 p.m. y repite varias veces, con una vocecita calmada y confiada “Papa…, papa, papa”.  ¿Cuál es esa misteriosa percepción sensorial o reloj interno que la hace pensar en el regreso de su padre, de manera anticipada pero más o menos a la hora apropiada?

¿Y cuál no sería mi gozo al escuchar a Emilien, mi nieto de 4 años, replicarme,  pequeño biólogo mitad serio-mitad divertido: “Abuelo, tu te equivocas, el “bulo-bulo”[2] no existe”.  Yo protesté, por supuesto, ya que el bulo-bulo sí existe, eso es seguro, y a su edad él no puede saberlo todo! 

 Sí, es bueno para el terapeuta dejarse sorprender por la expresión del pensamiento de sus pequeños interlocutores.

 

Dejarme sorprender por su pensamiento; aceptar la incertidumbre del camino por el que ellos me permiten acompañarlos; estar muy atento a los “pedacitos de sentido” que ellos encuentran por sí mismos y a veces ayudarlos a ir un poco más lejos o un poco hacia otra dirección: yo me referiré a eso a menudo en este texto. 

Incluso pequeñito, el niño percibe, integra y memoriza, reflexiona y “piensa” su situación de vida.  Pero todavía no es capaz o no tiene deseos de expresar todo lo que piensa, incluso si él quiere ser auténtico y digno de confianza.

¿Acaso no es una fuente de ansiedad o de vergüenza demasiado fuertes el expresar: “Por qué papa ya no duerme en la misma cama que mamá?”... “¡Yo estoy segura de que mamá me quiere menos que a mi hermana!”.  “¿Por qué me pusieron en un hogar de acogida?”.  « ¡Yo no logro hacer amigos en clase y todos los demás sí lo hacen!”.  “Él va a enviarme a prisión para toda la vida, después de lo que hice”.  “¿Qué quiere decir exactamente: juez, tribunal para menores, tener acceso a mi expediente? “¿Quiénes son toda esa gente que se afanan por ayudarme?”… “¿Yo me voy a volver homosexual después de lo que ese tipo me hizo?”  “¿Por qué está mal lo que él me hizo?” “¿Por qué me piden siempre que recomience a contar la misma cosa?” “¿Qué es una mala madre?”. 

¿Dejarme sorprender por su pensamiento y el ejercicio de su libertad? Sí, e inevitablemente sucede que eso golpea y perturba mis convicciones, estremeca  mis emociones o incluso cuestiona, del lado de la humildad, una autoestima en la cual yo me complacia de manera demasiado ilusoria.     

La paciencia y la humildad. 

A lo largo de una carrera, nos encontramos decenas de individuos o familias, que tienen diversas dosis de pasividad, de aferramiento a sus patologías o de peligrosidad, que nos hacen preguntarnos sobre el riesgo del que les hablaré más adelante.

En parte debido al ejercicio de su libertad, es decir –en el sentido amplio del término- a sus proyectos de vida, y en parte debido a sus problemas persistentes o a sus incapacidades, muchos niños o familias que nos consultan, a veces durante mucho tiempo, no progresan significativamente hacia una mayor felicidad, mayor realización de sí mismo o convivialidad.

, Muchos de aquellos que se mantienen estacionarios, sin avanzar  en un modo diferente a lo que siempre han hecho, sin embargo no desean ser soltados como si fueran “papas insatisfactorias” . Esos que están frente a nosotros tienen mucha necesidad de nuestra paciencia y de nuestra perseverancia para seguir caminando al lado de ellos. Al lado, no mas!  Ellos vienen a buscar la confirmación del valor de sus vidas a través de nuestra atención y nuestra estima, incluso si tienen la intuición de que no se producirán grandes cambios. Si nosotros los soportamos tal como ellos son, ellos soportarán un poco mejor sus vidas y tendrán deseos de invertir todo lo que puedan.

Paciencia; compasión; soportar; compartir para conservar o restablecer la esperanza en el otro y su autoestima!    

 

Ejemplo: Logan (16 años) se desespera y enoja a sus padres, sobre todo a su padre, a causa de la discrepancia entre su CI global (110) y sus graves problemas de memoria de fijación, que le impiden asimilar las materias escolares, sobre todo los idiomas y las materias “literarias”.  Para agravar más su caso, es un especialista de diversos juegos videos, que requieren lógica, estrategia y reflejos rápidos más que memorización

 

Al principio, él desconfía de mí, a tal punto que yo lo percibo como un joven paranoico… pero nosotros desplegamos paciencia de manera recíproca, y con la ayuda complementaria de tests, de exámenes para-clínicos y de álbumes de fotos de familia mirados conjuntamente, yo acabo por soportarlo mejor, por respetarlo y por decirle lo que pienso de manera cada vez más clara: Logan presenta un misterioso déficit de equipamiento (o habilidad) mental que lo hace sufrir mucho, pero yo no le encuentro ninguna patología de la personalidad, y no tengo conocimiento de técnicas que pueda “venderle” para mejorar significativamente su rendimiento escolar.  Trato también de persuadir sus padres, y poco a poco Logan se encuentra deseando esos encuentros un poco extraños con su psiquiatra, donde nosotros no nos focalizamos eternamente sobre lo que le falta, aunque sin llegar a negarlo. Nosotros hablamos de los esfuerzos que él hace y piensa hacer, yo se los reconozco, pero también hablamos del sentido de la vida, de los juegos video, de lo que nos gusta a ambos, de los padres, etc.  Yo no tengo manera de influir sobre el problema de equipamiento de Logan, pero una vez lo oí con placer solicitar una nueva sesión quince días más tarde y no dentro de cuatro semanas como lo querían sus padres. 

Durante una sesión posterior, como quien no quiere la cosa, Logan insiste en entrar a la consulta con un manual de Sudoku en la mano.  Nosotros hablamos sobre eso, luego evocamos las pocas semanas que han pasado.  Su padre todavía le dijo que ya era cansado de él, que él se comportaba como un idiota y que Logan no tenia problemas verdaderos.   
Aunque eso le duele, Logan es lo bastante sutil para sentir que él sigue siendo amado por un padre decepcionado, incapaz de creer en su handicap invisible.  Al final de las vacaciones de Navidad, él fue sermoneado por su abuela, quien habitualmente le brinda mucho apoyo, porque se olvidó de un trabajo escolar que debía entregar al regreso de las vacaciones.  “Nadie puede comprender mi problema (dice él con voz apagada), a veces pienso…” Al empujarlo un poco, él me confiesa que piensa en el suicidio, como una manera de salir de un invierno muy frío.  “Yo nunca sé lo que debo pensar de mí mismo, yo no sé si yo soy inteligente o bruto”.  Yo le replico que es
 precisamente porque él es inteligente que se hace ese tipo de preguntas.  Yo trabajé durante un cierto tiempo sobre su ideación suicida, con respeto hacia su vivencia subjetiva, pero alejándome de laidea de que su suicidio sería la mejor solución. 
 

Hacia sus 16 años y medio, él me confió un gran secreto: él está ocupado en escribir una novela de ciencia ficción, análoga a relatos ya escritos sobre los Digimons (una serie de dibujos animados publicado en Internet). Él no  se había atrevido a hablarme  de su secreto por miedo de que yo me burle de él.  En un primer nivel, yo pusé mostrar un gran interés por ese acto de escritura de larga duración,  incluso haría corregir las faltas de ortografía por un viejo amigo jubilaado y lo ayudé a publicar sus textos en la Web.  Reflexionando más detenidamente, y por supuesto estando consciente de que no se puede interpretar explícitamente una obra de arte en frente de su autor, su texto parecia ser  lleno de símbolos y de referencias a su propia historia:  en la novela, el joven protagonista tenia la capacidad de pasar entre dos mundos, sufria de problemas de memoria, se vinculaba durante un tiempo a una muchacha, etc.…  

  

 

Hacia la misma época, Logan me dijo que él prefería saber que tenía una lesión cerebral y que se podía operar.  Yo resulté tan intrigado por el posible estado de su cerebro que  terminé por referirlo donde un neurólogo especializado en neuropsicología.  Hizé eso en signo de respeto hacia Logan y no porque yo esperaba verdaderamente algo nuevo.  Las grandes clínicas de Bélgica siendo lo que son, el estudio, tan completo como debe ser, tomará seis meses –¡mejor así, de cierta manera!-, y mi colega neuro pediatra le dirá, con sus palabras, más o menos lo que yo le había dicho.  Pero eso parecio hacerle mucho bien a Logan, ese doble interés por parte de los médicos, con  la indicación de una medicación y la aplicación de una o dos intervenciones propias a mi colega.

En junio, por la segunda vez Logan no logra pasar su tercer año de escuela técnica, a lo cual se añaden los comentarios obstinadamente persistentes de los profesores, a pesar de que ellos estaban informados de su problema: “No hizo suficiente esfuerzo; no se concentró lo suficiente; hay que tener más voluntad…”.

¿Cómo será el porvenir de Logan?   

  

Dentro de la misma línea de ideas, quiero evocar un cierto número de familias incompletas o recompuestas, móviles o cambiantes, a veces próximas de ser caóticas, con niños pequeños, amados sí, pero sometidos a las tempestades emocionales y a las incoherencias de los adultos.

No es frecuente que un psicoterapeuta se encuentre trabajando de manera aislada con ellas. El riesgo es más bien lo inverso: un enjambre de servicios de ayuda discrepantes y fuertemente burocráticos zumba alrededor de ellos con un sentimiento diluido de responsabilidad (más personas intervienen, más cada cual siente que lo que pasa depende de otros) y muchas veces los descalifican (Hayez, 2010) Que es entonces el verdadero compromiso? ¿no es más bien querer mantener un vínculo muy fuerte con esas familias, por ejemplo con esas madres aisladas que se relacionan con nosotros de una manera “inmadura”, dependiente, tempestuosa y rabiosa, todo al mismo tiempo? Mantener un lazo fuerte, acogerlas como ellas son, sin convertirse en esclavo de sus angustias ni de sus requerimientos, formulados a menudo de manera presionante; dar un consejo concreto cuando se necesite, sin hacerse muchas ilusiones sobre lo que resultará; aceptar que la educación y la seguridad de los niños no sea perfecta, que su compromiso pasa por altas y bajas.  Porque es en ese vínculo pacientemente tejido  construido a largo plazo que pueden surgir más cosas positivas, en vez de pasar la papa caliente o “cosa mala” a una institución “mítica” o a un servicio social con mucho control autoritario. 

Reconocer el derecho de escoger. 

Si yo reconozco al ser humano la capacidad y el derecho de pensar personalmente, como sujeto único y original[3],  ¡sería hacerle un regalo estéril si de eso no se derivara la posibilidad de escoger! Escoger los pensamientos que se convertirán en valores, construirse una moral, seleccionar sus propias fantasías, hacerse planes y proyectos: en todas las edades de la vida, esos procesos son fundamentales e íntimos. 

En cuanto al derecho de llevarlos a cabo, realizar los comportamientos que concretizan en la realidad esos pensamientos, ese derecho no es ni nulo ni ilimitado: todos debemos respetar las grandes Leyes naturales y es igualmente prudente colocarnos en el marco de las leyes sociales y de las convenciones o costumbres culturales que rigen nuestra vida cotidiana. 

Además, para los menores de edad, la educación se otorga el derecho de pedirles obediencia.  Pero los educadores inteligentes saben que hay que dejar una parte de libertad de elección a los niños, y que mas vale animarlos a utilizar sur recursos y proyectos personales que hacer pesar sobre ellos unos deseos externos coaccionadotes o restrictivos.  Además, la sociedad los protege de las exigencias que puedan ser abusivas por parte de sus “educadores”. 

He aquí dos reflexiones que aplican y matizan a la vez el reconocimiento del derecho al pensamiento personal y a elegir:

 A. En mi rol de psiquiatra de adolescentes e incluso en el caso de niños, yo nunca me otorgué la potestad o el rol de ser el “pastor” de las expectativas y las reglas parentales, escolares o sociales “menores”, las que, si bien tienen importancia real, no llegan a ser Leyes mayores.

Por un lado, ye me atengo a que las grandes Ley es naturales sean respetadas, tanto por parte de los otros como por parte mía.  Y siempre fui explícito y claro con los padres y con mis jóvenes clientes a ese respecto.

Por otro lado, yo mantengo mi independencia de juicio y de palabra en lo que respecta  a la obediencia a las reglas mas o  menos importantes  de la familia, de la escuela y de la sociedad.  Lo cual no significa que yo esté de acuerdo con todo lo que oiga, o que me calle o apruebe todas las impertinencias y oposiciones de los jóvenes.  Yo ayudo a menudo a mis interlocutores de ambas generaciones (progenitores e hijos) a reflexionar sobre las consecuencias potenciales de sus posiciones y afrontamientos del momento.  Los ayudo a encontrar compromisos que tienen más en cuenta a cada uno, proporcionándoles regularmente  ideas o sugestiones personales, pero no con el fin de jugar el rol de un buen educador.

       

Ejemplo: Desde que era chiquitito, Florian (10 años) proclama: “Jesús se equivocó al hacerme un niño, yo soy una niña”.

Y desde que estaba en la escuela maternal, él expresa de todas las maneras posibles esa confusión profunda de su identidad sexual – uno puede hablar aquí de transexualidad[4]-.  Vestirse y maquillarse como niña con vestidos de princesa, eso no es más que un indicio entre otros.  Alrededor de sus 7 años, los padres se separaron de manera violenta; Florian ya no tiene más contacto con su madre, quien lleva una vida muy inestable, y apenas tiene contacto con su padre.  Es su abuela paterna que lo cría sola: ella lo ama a su manera; pero es muy severa y no quiere oír hablar de sus “ideas de maricón”.  Florian es muy desgraciado, obtiene con trabajo, forzando, el poder visitar mensualmente los padres de acogida que hacía tiempo se habían ocupado de su madre y que lo conocen y lo quieren a él también.  Él les habla de suicidio y pide ir a vivir en un internado.  En vano; los servicios sociales que supervisan su destino quieren que él se quede donde su abuela.

Entonces, me llegó a la mente una idea original pero que fue descartada sin contemplaciones: permitir que Florian viva en casa de acogida familiar donde vivia una pareja homosexual masculina o femenina.  Mi idea era que una pareja así conoce desde el interior los problemas y sufrimientos ligados a la identidad sexual y a la afirmación de la diferencia sexuada. Lo cual les permitiría más fácilmente ser tolerante y respetuosos para con el niño.  Pero bueno, esta idea subversiva no podía ser aceptada…

 B. Pedir ayuda a las instituciones sociales o judiciales o pasarles la situación familiar en el que estoy trabajando, constituye una iniciativa más bien rara en mi práctica clínica.  Cuando lo he hecho, era porque estaba convencido de que había un peligro grave y próximo, con imposibilidad para la familia que consultaba de afrontar la situación solamente con los recursos de que disponía, y con igual impotencia de mi parte como de parte de la familia.  Entonces, yo pedí ayuda no para obedecer a yo no sé cuál decreto ni para abrir algún cómodo paraguas (que me cubriera de algún posible reproche o reclamación), sino porque un grave peligro existía. Ademas, yo había evaluado que la institución a quien se le pidió ayuda intervendría de manera positiva: yo la percibía como con una competencia o autoridad social superior a la mía, con una capacidad de movilizarse rápidamente, e igualmente pensaba que la persona objeto de la medida podía integrarse positivamente luego del periodo de crisis. Para facilitar que la nueva institución solicitada  se sienta comprometida con la situación que se le propone, uno consigue más cuando pone su propia persona a contribución, y sin atrincherarse detrás de yo no sé cuál confidencialidad o neutralidad terapéutica: no se trata que el terapeuta  hablé de todo lo que  ha vivido con el cliente, sino de algo peligroso que está pasando y que escapa a su control.

 

Ejemplo: Escribí una carta a un juez de paz para obtener el internamiento  psiquiátrico de la madre de Simone, madre que se puso delirante pero que era lo suficientemente hábil como para disimular que oía voces perseguidoras a un magistrado no especialmente formado en psiquiatría.  Yo no tenía miedo de lo que pudieran provocar esas voces, ya que yo sentía a la madre cercana a un estado melancólico, agotada por tener que ocuparse de Simone, una joven retrasada mental y autista que involucionaba lentamente y que, por muchos tipos de razones, la mamá probablemente percibía como ¡un castigo viviente por las sta faltasuppuet que ella cometió en su vida!

 

¿Por qué raras veces recurro a otras instancias? Por temperamento, yo no grito fácilmente: “!Peligro!”.  Yo creo en lo que puede continuar a aportar ese lazo establecido conmigo, más que en pasar “el caso” a estructuras externas donde todo deberá ser recomenzado.  Esa es la cuestión del riesgo, la cual yo retomaré luego a modo de conclusión de este artículo. Y luego, aparte de los casos particularmente evidentes – por ejemplo los relacionados con la protección del  adulto enfermo mental – el creer en la movilización rápida de las instituciones y en el rigor con  que ellas van a cumplir con sus funciones de contención, eso es a menudo un espejismo o una ilusión: es mucho más frecuente que la “papa caliente” que se supone peligrosa se quede estancada en la burocracia de instituciones múltiples, fraccionadas o en rivalidad, y el cliente termina por volver a mis manos seis meses después, ¡y todavía más deteriorado que antes!

 Palabras de reconocimiento positivo.

 A. Los adolescentes se sorprenden a menudo de que yo les reconozca “cualidades profundas” tales como el tener un proyecto de vida, el tomarse el tiempo de pensar y de reflexionar, el no desearles mal a los demás, el mostrar sutileza, ser “cool” o llenos de humor, etc.   

Ellos que son corregidos e interpelados negativamente a lo largo del día, a veces por nimiedades, por comportamientos originales o excéntricos, o debido a transgresiones banales de reglas; ellos a quienes los adultos a menudo no les reconocen valor sino en lo relativo al rendimiento escolar y al conformismo; ellos a cuyas profesores comienzan a enviar perros policías dentro las aulas scolares para rastrear marihuana… Pues bien; esta actitud que yo llamo “reconocimiento de su Yo más íntimo, más profundo”, los deja desconcertados.

 

Ejemplo: Conocí a Arnaud y a sus padres entre sus 12 y 14 años.  Joven adolescente ingenuo y torpe, poco habituado a las confrontaciones sociales y algo excitado por el empuje de sus hormonas, Arnaud tuvo la mala suerte de confiar en esta invitación de un profesor : “Hagan una página de redacción sobre un profesor imaginario; ustedes pueden verdaderamente inventar todo lo que quieran respecto a él”.  Y decir no importa qué, Arnaud sí que lo hizo, impulsado tanto por sus hormonas como por la falsa “luz verde” recibida.  Y así su obra de arte sarcástica, la cual añadido a un comportamiento cotidiano un poco “bobo”, y expresada en un colegio elitista, lo llevaron a recibir el peor castigo que se le puede dar a un adolescente: la obligación de consultar un psiquiatra “porque uno se pregunta si todo va bien mentalmente”, como reauisito para poder seguir en el colegio el año siguiente. 

Yo manejé la situación con delicadeza durante dos años, frente a sus padres ansiosos, perfeccionistas y algo rígidos.  Ellos tienen dificultad en admitir que Arnaud no sea un joven brillante, que por otro lado él tiene un gran sentido de la justicia, que lo lleva a abrir la boca en clase con un estilo de “Don Quijote”, y que aparte de eso él va bien.  Veinte veces, en sesión con toda la familia, yo subrayo las cualidades de este joven que me impresionan particularmente: su gentileza, su autenticidad, su buena voluntad.

 B. Pero la actitud inversa puede igualmente tener mucho peso… positivo.Cuando el lazo de confianza está bien establecido, cuando el joven sabe que uno  respecta de manera global su persona y que uno se interesa por él, entonces él aprecia la autenticidad del terapeuta, este si es necesario expresa que se da cuenta de que su interlocutor tiene la capacidad de oponerse, de “jod…” el mundo por placer, de hacer algo mal, e incluso hacer lo que está verdaderamente mal (es decir, algo que destruye intencionalmente al otro o a sí mismo): ¡una verdadera dimensión “darkside”, malévola, que se manifiesta junto a sus dimensiones neutras y positivas!

Hay entonces que poder desaprobar los actos e incluso las intenciones, pero hay que hacerlo dentro de un ambiente global en el que uno apoya, sostiene a la persona al expresarle de cierta manera: “Tú vales más que eso”.

 

Ejemplo: Laurent (11 años) se descontrola regularmente e impulsivamente contra el cuerpo de su madre, al extremo que ella debe ir a donde su médico generalista para que la cure.  Ella no está exenta de dimensiones provocantes hacia el niño, con quien vive sin presencia paterna.  Laurent me habla de ese padre ausente que quisiera conocer y dice estar exasperado por los abusos de poder provenientes de su madre.

En una sesión con él solo, Laurent trae otra vez a colación la historia de Karaba, la bruja mala africana de senos espléndidos, y de Kirikou, el pequeño niño que debe afrontarla[5].  Sin embargo, Laurent va demasiado lejos en su modo de expresión agresivo que al parecer le procura un gran placer.  Una de las primeras veces en que hablamos de eso, él me confió que hablaba de esa manera porque a él le gustaba eso, y de cierta manera con eso todo estaba dicho.

Así que yo me ví confrontado más de una vez a las reacciones violentas de Kirikou-Laurent, y le decía entonces que esa manera de actuar representaba para él como un tipo de consumo de droga dura.  Cuando él me oía, me juraba que él iba a meter definitivamente su “diablo” en una caja en su vientre; pero desgraciadamente su diablo volvía a salir regularmente.

 

Incluso el niño que es el autor de una trasgresión, a veces muy destructiva, aprecia un respeto que toma en cuenta el conjunto de su contexto de vida, sin quitarle responsabilidad ni verlo como si su persona total se limitara a su comportamiento, es decir que uno lo consideré sin paranoia ni ingenuidad.

Ejemplo: Michel (8 años) no logra volver a sonreír sino después que se le reconoció la parte muy activa que él jugó para solicitar sexualmente a Arnold, un adolescente de 15 años con una deficiencia mental ligera: al final, convertidos en dependientes de los placeres del sexo, ellos se buscaban mucho uno al otro, para darse pequeños mimos… Y Michel aprecio que un therapeuta le hablara después de la revelación de su gusto por el sexo y  y el placer sexual en su tierna vida; a lavez, el mismo terapeuta estimulo, por parte de sus padres, una mayor vigilancia y estimulación para que se ocupe o distraiga de otra manera.

 Darles lo mejor.

 A.La disponibilidad.

Yo quiero dar muestras de mi disponibilidad de manera constructiva, no para satisfacer a suplicantes de amor, de atención o de snobismo, sino para casos en los que haya sufrimiento, conflictos internos o dificultades relacionales que requieren más que una sesión terapéutica cada quince días.

 

Ejemplo: Alrededor de sus 14 años, Pedro me pide por email dos citas de urgencia en un periodo de seis meses.  Pedro, joven bien educado, demasiado serio, un poco estirado, inhibido, durante mucho tiempo sufrió de una misteriosa enuresis y tiene dificultad para encontrar un lugar respetado de hermano menor en su hermandad.

  Las dos veces, fue porque él fue brevemente a “revolcarse en el lodo” y  ya no se reconocia a sí mismo.  ¿No se convierte uno en un alma definitivamente perdida cuando uno se pone a ver pornografía en Internet?  ¿O, la segunda vez, cuando uno se hace lamer el sexo por su perro y que uno incluso le eyacula sobre la cabeza?  Asustado y sintiendo vacilar su autoestima, Pedro quería ver en mis ojos si yo lo consideraba todavía como alguien normal y si él todavía conservaba mi estima.  Yo lo conocía lo suficiente para saber que él no era un mendigo de atención por un sí o por un no.  Y de todas formas, cuando en la inseguridad de sus 14 años, un adolescente pide a una tercera persona psi una cita de urgencia, se esconde siempre tanto un sufrimiento vivido como irresoluble – ¡una verdadera angustia!- que es mejor oír rápidamente, respetando el ritmo temporal del adolescente.   

Las dos veces, yo me las arreglé para sacarle a Pedro un espacio en mi agenda en el transcurso de la semana.  En realidad no tuve gran mérito: yo hice mía la venerable recomendación de Evelyne Kestemberg de que, cuando uno trabaja con adolescentes, vale más guardar un tiempo libre cada semana para lo imprevisto en el manejo del tiempo.

 

¿Estar dispuesto a dar su tiempo conlleva a veces a entrar en conflicto con otros intereses profesionales o con su propia familia?  Yo pienso que sí.  El dilema se plantea de manera repetida.  Como muchos otros, yo escogí no andar de un lado para otro, presidiendo sabrá Dios cuál sociedad científica indispensable, sino privilegiar el guardar suficiente tiempo cada semana para mis pacientes.  Yo también a veces sacrificé tiempo familiar, y le pido perdón a mi familia.

 

Ejemplo: Ese dilema es magníficamente ilustrado en la película “El dormitorio del hijo” de y con Nanni Moretti (2001).  El protagonista, psicoanalista concienzudo y discretamente generoso, decide ver un cliente en estado de crisis un domingo… Lo que provoca que él perderá lo que hubiera sido su último jogging con su hijo adolescente y no lo volverá a ver: el hijo muere en un accidente de buceo.  A continuación, Nanni Moretti trata todavía de continuar trabajando con su cliente, pero pronto tiene que renunciar: él no es superman.

 B.Hablar de manera sensible y auténtica. 

Dar lo mejor de sí mismo, eso quiere decir dejarse sumergir sin restricciones en el mundo interior o relacional del otro, y luego emerger.  Constituir un ser de palabra, que se expresa como un doble empático porque se dejó sumergir, pero al mismo tiempo no deja de ser otro, persona el mismo diferente; funcionar como un compañero amistoso que pone a prueba su propio psiquismo, trabajando intensamente, para situarse con respecto a eso que acaba de hacerlo vibrar, teniendo en cuenta su percepción sensible y su diferencia.

Si siempre he considerado al reflejo empático rogeriano como un acto esencial de la terapia, a menudo me pasa que voy más lejos y digo lo que pienso sobre una escena a la que estoy asistiendo directamente, de una experiencia de vida que me cuentan o de una idea o una pregunta de quien está frente de mí.  Decir lo que pienso, lo hago modestamente, a menudo como forma de hipótesis, de especulación, pero lo hago y a seguidas abro la discusión a ese respecto.

 

Nuestras consultas y terapias, ¿no son un compromiso entre dos seres pensantes que confrontan sus instrumentos o aparatos de pensamiento? 

Decir lo que pensamos y vivimos, esta “toma de palabra” implica habitualmente dimensiones íntimas y valiosas de nuestra personalidad, más allá de los diccionarios algo secos de nuestros conocimientos intelectuales : podemos ir hacia el compartir de un pedacito de experiencia de vida, de sentimientos, de incertidumbres vividas personalmente, de valores, etc.

 

Ejemplo: Nicolas (10 años) tiene muchos problemas en su escuela de clase alta, puesto que él suelta el puñetazo fácilmente cuando lo buscan (por ejemplo, si él se oye llamar: idiota, maricon, tu madre es una puta…, o sea, los insultos clásicos).  Él me cuenta su último afrontamiento y su convocatoria donde el director.  Nicolas quien, siendo el mayor de 4 hermanos, toma como asunto de honor el mostrarse impecable en la casa…yo me siento bien embarasozo para responderle algo claramente de valor!.  Yo veo bien y le indiquo que a él le gusta sacar sus garras en ciertas ocasiones: entonces él se hace respetar y se siente vivir, apreciando la sensación de fuerza que experimenta… Pero yo anado q a los adultos no les gusta eso.  Los profesores dicen constantemente que hay que dirigirse a ellos primero, para pedirles ayuda, pero en realidad a ellos les molesta que uno interrumpa sus conversaciones de adultos, por lo que ellos disuaden más de lo que intervienen!  Y frente a esta contradicción, que elegir?

Nicolas, quien es un chico muy inteligente e introspectivo, me contesta espontáneamente que la violencia no arregla nada.  Yo le doy la razón, y admitimos juntos que su enemigo se sentirá todavía más hostil después de ser golpeado y que él, Nicolas, podría ser cogido en falta de manera seria si la sangre corriera en serio: es él y solamente él quien sería castigado, incluso aunque el otro lo hubiera provocado de manera evidente. Pero comoquiera, a él le hace bien sentirse fuerte durante diez segundos.  Entonces, ¿qué otra cosa hay que hacer? Yo lo no sé así como así! - ¿Mostrarse amenazante, gruñir?  ¿Impresionarlo con malas palabras?  ¿Evitar provocar? ¿Aplastar? – y yo busco junto a él, sin verdaderamente saber! 

Por medio de un juego de roles donde yo pongo en escena a un niño que se le parece mucho (representado por mí) y un doctor (representado por él), yo abordo los temas que nos preocupan a él y a mí: Nicolas me había dicho previamente, en respuesta a la pregunta “¿Qué piensas de mí?”: “A veces, yo soy muy gentil y a veces muy malo”.  En el juego de roles, yo planteo el tema “El pleito, ¿es ipso facto un acto malo?”.  Y yo lo ayudo a reflexionar y a distinguir la violencia gratuita y la agresividad defensiva… Evidentemente, es más complicado cuando la agresividad defensiva es infiltrada por el gozo, como es el caso de él. 

 Otro tema, esta vez yo representando el rol del niño: ¿Por qué usted quiere recibirme en su consultorio?  Respuesta inmediata de Nicolas, ahora actuando como el doctor: “Para que seas más tranquilo”.  De ahí surge un intercambio de ideas: Lo que interesa fundamentalmente al verdadero Doctor Hayez es que su pequeño cliente tenga las ideas claras y proyectos personales y que, profundamente, esté feliz de ser él mismo.  Claro que el verdadero Doctor Hayez no quisiera tampoco que su cliente sea un adepto de la violencia gratuita.  Pero, en lo que respecta a tomar riesgos, al placer y la agresividad defensiva, el doctor no es el pastor, el guardián del buen comportamiento o los buenos modales, ni el clon de los padres, y él no sabe muy bien lo que es mejor.    

 

Manejar la transmisión de la información. 

A veces es necesario manejar la información para no plantear factores inútilmente ansiógenos y que encima es poco probable que ocurran, pero con respecto a los cuales los niños de mayor sensibilidad corren un gran riesgo de “fijarse” o atascarse: los fantasmas (aunque, con respecto a lo sobrenatural, uno no puede estar seguro de nada…), el lobo malo porlomenos en mi pais, etc.   En el año 1996, en el momento en que todos los niños belgas temblaban persuadidos de que abominables pedófilos organizados en red los iban a secuestrar como hicieron con Julie y Melissa (un caso belga de muy conocido internacionalmente), yo propuse en el noticiero de la televisión oficial que los padres aseguren explícitamente a sus niños más pequeños que no les pasaría nada, ya que sus padres y otros adultos bien intencionados se ocupaban de protegerles.

  Manejar la información puede también hacerse haciéndola pasar de una forma original, lúdica, haciendo parecer que uno no se dirige directamente al niño a quien sin embargo va dirigida: el cuento contado en la noche o los juegos de roles pueden ayudar a veces a hacer tragar pastillas estresantes o indigestas…

 

Ejemplo: Con Michael (8 años), anormalmente agitado y agresivo luego de un repetido abuso sexual con sodomía cometido por un marginal cercano a la familia, fue necesario que yo recurriera a juegos de roles para ayudarlo a expresar sus angustias más secretas… En el juego de rol yo soy el niño pequeño en consulta donde el doctor( jugado por el), y yo, como niño, le pregunto, sin atreverme mucho a hacer mi pregunta, si puede pasar que los niños pequeños queden embarazados cuando han sido sodomizados.  A pesar de que “Michael-el-doctor” me asegura con vehemencia que eso no pasaba “casi nunca”, él pareció aliviado de que yo le hiciera la pregunta, y así pudimos hablarlo de manera científica.

 

Quiero invitar al adulto educador y también al psicoterapeuta a no criticar ni querer erradicar, cueste lo que cueste, todas las creencias falsas que el niño se construye a lo largo de su vida.  Ese es el caso cuando por ejemplo el niño es pequeño y recurre al pensamiento mágico para sentirse más seguro o cuando él idealiza un adulto cercano, un hermano mayor, etc.  Él necesita, de manera transitoria, esos sueños para sentirse más calmado, más feliz, más fuerte… Es inútil quererle romper esas fantasías de manera prematura, argumentando sin parar… Uno puede callarse con humildad, esperando que eso pase, o limitarse a comentar con un guiño: “Tu ves, eso es lo que tu crees por el momento...” (Hayez, de Becker, 2010, p. 121 y siguientes).

 Algunos factores del ambiente en la consulta.

 A.La cercanía física y el compartir emociones. 

Yo nunca he sido avaro de eso, sobre todo con los niños pequeños: 

Ejemplo: Antonin (4 años y medio) llega a mi consulta porque se siente muy desgraciado luego del nacimiento de su hermanita Maria.  En la segunda sesión, él viene a acurrucarse en mi regazo.  Yo lo abrazo riendo, como uno hace con un niño pequeño, y es en mi regazo que yo le propongo contarnos las historias de una niñita, MariNA, quien comete estupideces.  Antonin no se hace de rogar, y nos contamos cantidad de historias… y luego él salta, corre a buscar mi bulto-juguete de doctor, y quiere ser (estar???) mi doctor.  Yo lo dejo “curarme”, a golpes de jeringuillas y esparadrapo.  En la tercera sesión, él entra trayéndome un gran conejo en cartón que fabricó en su casa, a pesar de que él lo quiere mucho.  Yo me emociono de esta reciprocidad y por este comportamiento de retoma del poder en un niño tan pequeño: ¡Antonin, sin duda, ya leyó a Françoise Dolto y piensa que es importante no deberme nada!  Yo le expreso mi gozo ante su gentileza.  Para no alargar el cuento, hacia la octava sesión él me pidió volver con su conejo a su casa… Bye bye, Conejín.

 

Ejemplo: Alrededor de sus 12 años y medio, antes de su período porno, yo recibí a Pedro junto a toda su familia, incluidos hermanos y hermanas mayores, y por primera vez pudimos compartir ideas verdaderas y profundas sobre la dificultad de vivir con hermanos mayores.  Al final de la sesión, el pre-adolescente, habitualmente reservado y púdico o “adultoide” también conmigo, se acerca a mí y me da por primera vez el besito ritual [en Bélgica y Francia los hombres hasta adolescentes se saludan de besito] de los amigos para decirse adiós. B.

La discreción. 

La discreción reviste una importancia fundamental para que se instale y persista la confianza[6]. 

  1. La acepción común de la palabra “discreción” es la de proteger la intimidad de lo que oigo y no decirlo a otros.   Mi esposa y mis hijos, por ejemplo, no tienen idea de quién consulta conmigo, quienes sin embargo a veces son personas muy cercanas a nosotros.  Si de cuando en vez hablo de una situación particularmente penosa o alegre cuando estamos en la mesa familiar, porque recibir el eco de mi familia, todas las edades mezcladas, me hace bien y me ayuda a reflexionar, ¡siempre lo hago respetando un anonimato total!
  2. Discreción también en su acepción más técnica: el mantenimiento de la confidencialidad y el deber del secreto profesional.  Lo inverso tiene el efecto desastroso de cortar la confianza, no solamente hacia quien habla demasiado o señala demasiado pronto una situación delicada dentro de la red institucional, sino regándose como mancha de aceite hacia el conjunto de los interventores psicosociales potenciales.  Nosotros pagamos todas las indiscreciones de algunos colegas y finalmente sucede que jóvenes y adultos no se atreven a confiar sus verdaderas y delicadas preocupaciones más que a los forums aparentemente anónimos del Internet. 

Nosotros hablamos demasiado.  A veces voluntariamente, por vía de informaciones indebidamente intercambiadas entre profesionales amigos que tienen vagamente relación con un caso.  A veces convocando casi inútilmente demasiadas instituciones para que se ocupen de un caso difícil.  Y hay también toda esa parte de señalamientos o denuncias inútiles y estériles cuando no traumáticos.  A mi entender, el referir o el hacer un señalamiento hacia una autoridad social o judicial supuestamente más específicamente autorizada o preparada, no se justifica verdaderamente sino cuando se llenan los criterios que indiqué más arriba (punto III B, p. 8).

 

Ejemplo: Siguiendo mi consejo, se le garantizó la confidencialidad a un adolescente de 16 años que fue a consultar con una joven colega, pidiéndole que eso quedara fuera del conocimiento de sus padres, ya que él no sabe qué hacer con su homosexualidad, ni cómo confesarla a su familia.  Mi manera de comprometerme, en este caso, es de mostrarme humanamente y administrativamente solidario de esa joven colega y haberle hecho registrar en el expediente del joven: “En acuerdo con el Jefe de Servicio, quien ha sido informado, nosotros asumimos el recibir Alfredo de manera confidencial”.

 Dos ideas a modo de conclusión.

 A¿Y el compromiso social?

 

¿La escucha con fines terapéuticos puede bastarse a sí misma, sin compromiso social por parte del psicoterapeuta?  Yo no lo creo, y pienso que lo recíproco se aplica igualmente: ¡no hay buen trabajo social sin escucha y diálogo comprometido!

Ocuparme de esa dimensión social implica a veces no quedarme sólo en el mundo de las palabras, sino hacer cuando necesario cosas concretas, materiales: yo pienso a algún empleo que conseguí para madres pobres, al computador de segunda mano que pude llevarle a Marie después de la activación de mis listas de emails, o a mis visitas a las escuelas para hablar de la patología y de las riquezas humanas de algunos de mis pequeños clientes.

Ser social, es también “pensar”, tener en cuenta la parte de trabajo que hace un colega profesional, sentir estima por ese trabajo como un complemento importante al mío y hablar de él en alguna ocasión con la familia: “¿Qué dijo el pediatra sobre tus dolores de barriga? ¿Qué piensa él de eso?”

 

Para terminar, me parece esencial tomar abiertamente y públicamente posición sobre los temas de salud pública, de los derechos de los niños, de los problemas de nuestras sociedades e incluso del mundo.  Me siento orgulloso del lema que tomé prestado a Jean Guéhenno: “La peor traición, es seguir el mundo como es y emplear la mente a justificarlo”. 

B.Compromiso y toma de riesgo. 

El riesgo es algo que va de la par con el compromiso: es una complicación que nos ahorraríamos gustosos, pero que es ineluctable si queremos que la persona frente a nosotros se  desarrolle, diferenciándose ante la sociedad.  He aquí algunos ejemplos: 

  1. Cuando yo digo “No“, corro el riesgo se ser momentáneamente o definitivamente menos apreciado por el niño o por su familia… hasta el punto que ellos continúen en otro lado, a veces con rabia, un trabajo terapéutico que al fin de cuentas ellos son fundamentalmente libres de escoger.

 

Ejemplo: La mamá de Louis (11 años) y de Albert (9 años) nunca pudo verdaderamente aceptar que yo tomé posición como terapeuta, y sólo eso, para con sus dos hijos, víctimas de abuso sexual por parte del padre durante el tiempo en que la familia vivía todavía junta.  El procedimiento judicial de solución de la dificultad resultó lento, y la madre siguió teniendo mucho miedo –irracional, desde mi punto de vista- de que el padre recupere algún día el derecho a tener sus hijos en su casa, por lo que ella multiplicó las presiones para que yo redactara un documento que apoyara su punto de vista.  Yo persistí en decirle que no, explicándole mis razones.  A pesar de que un trabajo de reflexión estaba en marcha, ella dejó de consultarme de manera brusca, después de tres años, escribiéndome una larga carta en la que ella subraya mi cobardía y todas las razones que a sus ojos la provocaron, relacionadas con la protección de mi confort y de mi imagen social.

 

 2. Hay también el riesgo de equivocarme cuando me comprometo a expresar o aventurarmi opinión… o a callarme, y entonces yo  podría influir negativamente sobre el destino siempre imprevisible del otro.

 

Ejemplo: Para sonreírnos un poco, aquí está el caso de Justin (16 años), inmaduro, agresivo, impulsivo, quien se rompió el dedo de un pie al querer seguir mis consejos sobre cómo reorientar su agresividad del momento, pero eso más bien me pareció divertido.   Ese no fue el caso con la familia de Chloé (9 años), quien padece de un síndrome de Asperger atípico.  Rara, solitaria, dotada de un pensamiento rígido y de angustias importantes ante abstracciones que ella no comprende, por ejemplo: “¿Santa Claus existe verdaderamente sí o no”?  Para ella, esa cuestión es algo muy grave.  Sin embargo, para torpemente proteger a sus padres, que yo encontraba demasiado sensibles, de un diagnóstico que me parecía demasiado pesado, decidí reservarme durante dos años el nombre de su enfermedad y no hacer referencia sino a un carácter muy original presente en Chloé.  Cuando, luego de una reorientación escolar, ya no hubo manera de echar para atrás el enunciado del diagnóstico, los padres me guardaron rencor por no haber tenido confianza en su fortaleza y pusieron fin a nuestra relación de trabajo.

 3. A esto se añade el riesgo de cosechar complicaciones sociales (con los padres o en la escuela, para comenzar), consecuencia de la manera en que yo concibo mis responsabilidades: yo me siento al servicio de la felicidad y del crecimiento espiritual de quienes me consultan, y no al servicio de lo “políticamente correcto”.  Mi respeto persistente de la confidencialidad a menudo me ha costado el mal humor de colegas o de trabajadores sociales que solicitaban información y a quienes yo despedía cortésmente.  ¿Y qué decir a los padres de Jéremie si ellos se presentan un día en mi consultorio, enterados al fin de las actividades incestuosas de sus hijos?  Yo les diría que Jéremie tenía necesidad de un espacio de confianza para liberarse y que él no presenta ningún peligro social, pero…

4.Y existen riesgos todavía más angustiantes, ante los cuales yo tengo el firme propósito de mantener un cierto estilo y un cierto ámbito o  marco de relaciones, sin “abrir el paraguas” para protegerme, sin creer a priori en la virtud protectora o mejor cuidadora de otras instituciones.

 

Ejemplo: Pienso d en Jonathan, 12 años, de quien yo acepté que se quedara solo en su casa a pesar de su inmensa depresión y de sus ideas suicidas, en  vez de forzarlo a entrar en un hospital.  Al final, me parece que fue mejor eso que ejercer sobre él una impensable violencia supuestamente terapéutica.

 5.Para terminar, evocaré un último riesgo que flota insidiosamente sobre nuestras cabezas, el del compromiso–abuso de poder: abuso de poder a veces bastante grosero, cuando queremos dirigir demasiado la vida de los otros “por su bien”.  ¿No es ése el caso, a veces, con familias desfavorecidas, de quienes nosotros teleguiamos demasiado las “decisiones” de vida, porque imaginamos que son incapaces de tomar decisiones creativas? 

Un abuso de poder más sutil es cuando nosotros emitimos, en dirección de los niños y las familias, sin darnos cuenta, señales destinadas a que ellos nos expresen un gran agradecimiento, y que sobre todo no expresen su transferencia negativa, o incluso a veces una vivencia negativa que nosotros bien que nos merecemos. 

¿No están bien, los arañazos de independencia que nos dan regularmente los adolescentes, por ejemplo con su irregularidad a asistir a las sesiones, recordándonos así que ellos siguen siendo libres? ¿Y no deberíamos alegrarnos, al menos hasta cierto punto, que esa sea precisamente una de sus respuestas a nuestro compromiso? 

Yo dejaré la palabra y las imágenes del final a una pequeña niña, descrita más detenidamente en el texto sobre los niños traumatizados:

 

Ejemplo: Es  la última sesión de psicoterapia breve de Samantha (5 años y medio), traumatizada por un bandido.  Su papá me la trae y ella aprieta contra ella y acaricia una muñeca, su bebé.  Yo le hago un cumplido y nosotros hablamos un poco.  Yo le pregunto: “¿Y donde está el papá de la muñeca?”  Ella me responde: “Eres tú”.  Mira de reojo a su padre; ¡nosotros no estamos lejos de pelearnos entre viejos por un pedacito de mujer!  Sin embargo, dentro de mí yo sonrío ante esta pequeña niña que vuelve a sentirse bien consigo misma.  Yo le replico gentilmente: “Escucha, vamos mejor a decir que el papá es Jules[7] o un compañerito de tu escuela”.  Samantha sonríe sin decir nada.  Más adelante en la sesión, mi gozo se confirma : Samantha modela una escalera en masilla, la recuesta de mi granja Fisher-Price y hace sucesivamente montar sobre el techo, para cantar y bailar, una marioneta que representa una niña pequeña, su papá y luego su mamá.  Que vivan la pulsión y el deseo de vivir cuando ellos reocupan el terreno! 

Notas 

[2] Animal imaginario, de mi propria invencion, heroe de mis cuentos de la noche,  a la vez divertido y un poco misterioso-asustante

[3] Personal, original, unico no quiere decir solitario! El pensamiento del niño se construye evidentemente al contacto y bajo la influencia de los demás, pero al final de cuentas, él hace la síntesis y la reconoce como suya.   

[5] En el cuento, Kirikou termina por quitar la espina que Karaba tenía en la espalda y que la hacía sufrir.  Él se convierte entonces en un espléndido guerrero adulto joven y se casa con Karaba… pero ese fin de la historia Laurent parece que no la conocía. 

[6] Es un deber imperativo el luchar por el mantenimiento de esa discreción, sobre todo vía una vigilancia extrema para con las centralizaciones y otras “facilidades” informáticas de las que nosotros apenas entendemos el poder de difusión en todas direcciones que ellas implican. 

[7] Jules es su hermanito de tres años que ella quiere mucho.  Aclaro que no soy un psi perverso que promueve el incesto fraterno; pero, si yo me identifico a la psicología de una niña de cinco años, es una idea inocente que puede fácilmente tener sentido para ella. 

[6] Es un deber imperativo el luchar por el mantenimiento de esa discreción, sobre todo vía una vigilancia extrema para con las centralizaciones y otras “facilidades” informáticas de las que nosotros apenas entendemos el poder de difusión en todas direcciones que ellas implican. 

[7] Jules es su hermanito de tres años que ella quiere mucho.  Aclaro que no soy un psi perverso que promueve el incesto fraterno; pero, si yo me identifico a la psicología de una niña de cinco años, es una idea inocente que puede fácilmente tener sentido para ella.