El niño, su vida sexual y su psicoterapeuta

 

Traducción de Ana Teresa Van der Horst que agradezco muchissimo

  Una ocultación que tiene la vida dura.


Este artículo habla de la sexualidad de los niños antes de que termine la pu.bertad y sin incluir a los adolescentes.  

La realidad de la sexualidad infantil fue revelada y “normalizada” por Freud.  Gracias a su impulso y luego de sobrepasadas algunas dudas, la existencia de la sexualidad infantil ya no es cuestionada en los textos científicos sobre la infancia, aunque con algunas oscurantistas excepciones.

Pero en lo que respecta a la sexualidad antes de la pubertad, el discurso social sigue siendo casi tan discreto como antes de la época freudiana:

  1. Los padres y educadores participan de esas representaciones y aspiraciones sociales, en las que el la negación, o incluso el rechazo, todavía predomina: es cierto, ellos tienen una menor tendencia a culpabilizar excesivamente a los niños en lo relativo a las primeras expresiones de su sexualidad; menos mal que ellos asumen una misión de información (una cierta cantidad de lo que se necesita informar, aunque a veces con demasiados detalles prematuros). Pero en la visión de los padres sobre este mundo de la sexualidad infantil, los ejercicios prácticos deben limitarse, a lo sumo, a ocasionales masturbaciones hasta el casi ingenuo “juego del doctor” entre pequeñitos que se descubren. Si los padres caen sobre algo más hard, ahí retornan la cólera y la represión[2], como si lo sucedido fuera ipso facto profundamente chocante e inquietante.  Y sus juicios se vuelven rápidamente simplistas: ellos definen un actor culpable –el de mayor edad y/o el joven- y víctimas puras –el menor, la muchacha…
  2. ¿Y los psicoterapeutas? Una cierta cantidad de ellos se desvincula de esas paradojas socioculturales y habla de su sexualidad con el niño, de un modo claro, auténtico y sereno.  ¡Pero la mayoría silenciosa, probablemente se queda bloqueada cuando surge de una u otra manera ese tema!

Por ejemplo, hay un gran silencio de parte de ellos.  Si ningún material sexual aparece (casi) explícitamente y espontáneamente en las producciones del niño, ellos se abstienen de hablar del tema, o peor, ellos ni siquiera piensan que las cuestiones sexuales pueden llegar a la mente del niño y perturbarlo en secreto.

O sino, si se ven confrontados a algo sexual por azar o a seguidas de una pregunta o de una revelación proveniente de los padres, algunos psicoterapeutas primero tienen una actitud de escuchar en silencio pero, en el fondo, no saben bien cómo reaccionar.  Su escucha demasiado pasiva no da resultado positivo, y es rápidamente reemplazada por consideraciones moralizadoras generales, sin aplicación concreta a lo que vive el niño.

En los tiempos actuales, en los que uno habla a veces sin mucha discriminación de abuso sexual, incluso entre menores, demasiados terapeutas proceden al mismo análisis reductor utilizado por los educadores: los hechos sexuales que les son contados son, esos terapeutas los consideran con gran rapidez como abusos que no pueden producirse más que entre actores agresores (los muchachos, los de mayor edad, aquellos aficionados a la aventura y a la diversión extrema) y las víctimas (las muchachas, los más jóvenes, los que aparentan ser inocentes, pasivos y sin deseos sexuales).  Ese es un análisis reforzado por los comentarios de los protagonistas mismos, quienes mienten fácilmente para evitarse problemas: ¡y el más pequeño comprende rápidamente que él tiene que acusar al más grande!  Yo no digo que el abuso sexual no exista nunca entre menores, sino que a veces lo denuncian o califican muy indebidamente, corto-circuitando nociones importantes como el placer compartido, la ambivalencia y la duda.  Y entonces, ahí llegan los estragos para el supuesto abusador, si encima él pertenece a un país en donde los profesionales sufren de “señalamiento agudo”…


  •  Diálogo con el niño sobre su sexualidad. 

I. ¿Por qué?

 El niño posee una vida sexual: desde la escuela maternal, donde él descubre la sexualización de su cuerpo y la diferencia de los sexos, hasta la pre-adolescencia cuando comienza una búsqueda específica del erotismo y de las técnicas sexuales.  Esto pasando por la escuela primaria que es la edad de los primeros desafíos y experimentaciones sexuales científicas, bastante a menudo practicadas en pequeños grupos -¡verdadera ciencia contemporánea!

En muchos casos ese despliegue de la sexualidad se integra bien al conjunto del desarrollo, aparte de algunos momentos de incomprensión y de angustia más agudos: primeras observaciones sobre las diferencias de los sexos; consecuencias imaginadas de una práctica sexual que ellos auto-evalúan como demasiada atrevida o audaz; entrada en el mundo siniestro de la pornografía, etc.

 

Por otro lado, los niños contemporáneos reciben una cantidad enorme de informaciones sobre las cosas del sexo, y sus conocimientos técnicos son más precoces y detallados de lo que lo fueron los nuestros.  Pero ellos no comprenden siempre bien todos esos datos que les caen encima, por lo que a menudo se fabrican hipótesis y teorías erróneas y angustiantes.  En fin, ellos se tropiezan a menudo sus caminos con una u otra “espina sexual”[3], es decir una agresión sexual aislada y objetivamente menor, pero que puede ser momentáneamente angustiante o perturbadora.  Uno puede pensar que esos niños, que son la mayoría de los casos, no tienen necesidad de que sus terapeutas presten especialmente atención a la sexualidad de ellos cuando por sí mismos no hablan de eso, salvo en ocasión de algunos momentos o transiciones más difíciles, como los que acabo de mencionar.  En estos momentos sí, pero además se les puede hacer una especie de guiño tranquilizador que les comunique: “Yo sé que eso hace parte de tu vida ¡y está muy bien así”; eso puede mantener y reforzar su confianza en sus “Yo-sexual”.

 

Y sobre todo, también hay otros niños, (muy) agobiados o preocupados por eventos de sus vidas sexuales, y pueden disimular esos sentimientos muy bien: ellos no muestran que tienen necesidad de ayuda,  y nuestras incitaciones delicadas a hablar de sexo pueden animarlos a abrir esa puerta.  ¡Y hay muchas fuentes de tensión en torno a la sexualidad! Mencionaré algunas en el párrafo III/II, aquellas donde el niño ha sido activamente autor de eso que sin embargo le perturba.  Hay también todos esos niños víctimas de abusos más graves, quienes frecuentemente dominan el arte de llevar una doble vida y guardar silencio.

 

En fin, los hechos sexuales son regularmente revelados en el transcurso de las terapias, o son objeto de una solicitud de consulta, sobre todo porque ellos perturbaron a los adultos: ¡aquí también hay que acompañar de manera apropiada!  

II. Representarse la existencia de la sexualidad del niño.

 Lo que siempre me ha parecido esencial, es subrayar que, entre todas las dimensiones que lo constituyen, el niño es un ente sexual.  Y eso es una dimensión fundadora de su vida, en complemento y en contrapunto de su agresividad.  Él es sexual tanto por la vía de sus intereses, cuestiones, prácticas y fantasías muy físicas –sexuales en el sentido popular del término- que vía todas las sublimaciones de su energía sexual, las que forjan el bouquet de matices de su capacidad de amar.  Pero de esas sublimaciones no trataremos en este texto.  ¡Me limitaré a lo sexual en sentido estricto!

 

Y lo repito: considero importante el pensar de esa manera: si el niño no da ningún signo sospechoso en lo que respecta al sexo, lo más probable es que su sexualidad se desarrolle según una trayectoria normal desde el punto de vista del desarrollo.  ¿Pero se encuentra él feliz con eso? ¿Se plantea él, comoquiera, una u otra pregunta transitoriamente insoluble?  ¿Consigue vivir su sexualidad quedándose “suficientemente[4] bien” en contexto social? A veces me pasa que me planteo esas cuestiones, simplemente al interior de mí… Más aún, no es absolutamente cierto que la ausencia de signos quiera decir ausencia de sufrimiento. ¿Entonces por qué no hacer un pequeño “envío de sonda” de vez en cuando?

 

En fin, ¿no puedo yo cegarme con respecto a signos que no logro ver?  Cuando debo hacer hipótesis sobre la significación de los comportamientos misteriosamente evocadores de un malestar, ¿incluyo las causas sexuales dentro del rango de las posibilidades?  El rechazo de asistir a la escuela, rechazo de continuar tal deporte; un adulto que el niño declara que no le cae bien, que es malo; lo mismo en el caso de un hermano o hermana mayor; disminución de resultados en la escuela, signos nuevos de angustia y de culpabilidad, somatizaciones, recaída en la enuresis… O al contrario, desaparición inexplicable de su domicilio y otras disimulaciones que nos cuentan los padres, etc.  Lo sexual puede dejarse ver a través de muchos indicadores inesperados: ¡ya es algo bueno que uno piense en eso!

Cómo hablar de esa realidad sexual. 

Yo trato al mismo tiempo de ser explícito: intervengo ocasionalmente en los discursos y las producciones espontáneas del niño para indicarle que yo adivino la existencia de una vida sexual n él: primero reconociendo que el viaje de la vida está naturalmente salpicado de momentos sexuales positivos, agradables, y que es bueno que eso sea así. Pero también y casi inevitablemente, añadiendo que a veces el niño puede plantearse preguntas bien angustiantes, guardándolas secretas porque él cree que éstas son malas, estúpidas o que el adulto no lo escuchará.

Por medio de pequeños toques de vez en cuando, yo le hago un guiño al niño o expreso mi curiosidad y mi ternura hacia esa sexualidad que podría manifestarse, sin que él se sienta obligado de confirmar la existencia ni mucho menos a detallarla: él puede hacerlo si lo desea, es decir si él piensa que eso le hará bien.  Por eso yo sugiero la alternativa del diálogo a todos esos niños que no hablan espontáneamente.  Aprovecho ahora para recordar que hay tres grandes categorías: niños cuya sexualidad se desarrolla normalmente pero que pueden pasar por momentos angustiantes o sufrir espinas sexuales; niños cuya sexualidad, deseada y activa, tiene dimensiones preocupantes; y por último, niños víctimas de abusos graves.  Y con aquellos con quienes ya hay hechos sexuales que han sido revelados, también hay que ir andando francamente y serenamente. 

Si se trata de un niño “como todo el mundo”, esos estímulos permanecen episódicos: una o dos veces durante la fase de consultas diagnósticas… y en varias ocasiones luego de un cierto número de sesiones con los niños que ya están en terapia.

 

 Yo no deseo hacer una enumeración ordenada y exhaustiva de mis intervenciones y me limitaré a algunas ilustraciones. Con un niño “como todo el mundo”, a veces puedo:

  1. Atrapar al vuelo y utilizar las referencias explícitas de los más jóvenes relativas al sexo, al pipí y a la caca, a la llegada de los bebés, al seno de las mamás, etc.  Referencias que aparecen tanto en sus discursos como en sus dibujos y otras producciones de la imaginación (por ejemplo, desvestir de manera más bien ruda una muñeca “para ver…”).  Es la ocasión de manifestar mi empatía y expresar mi curiosidad: “¿Y cómo uno sabe que es una niña?  ¿Y su bimbin es más grande o más pequeño que el de su papá? ¿Él siempre permanece en el cuerpo de los varones? ¿Siempre crece?” En fin, nosotros confrontamos nuestros saberes: el suyo, ampliamente infiltrado por su imaginación y teñido de ansiedad, y el mío, más objetivo, más sereno y para nada “Super-yoico”.  Así, frente a un niño de seis años quien reconoce su participación en un “toca bimbin” que da la impresión de ser banal, yo planteo una u otra pregunta, precisándole que él tiene derecho de responder, o no: ¿Qué pensó él posteriormente sobre esa actividad? ¿Hubieron cosas que él no comprendió bien? ¿Que lo preocupan o inquietan? ¿Otros niños hacen a veces ese tipo de cosas?  ¿Por qué los niños lo hacen? ¿Qué suelen decir los padres cuando los descubren? ¿Por qué los padres hablan como lo hacen?  Etc. 

Mezclada a la discusión, con pequeños toques y en resonancia con lo que el niño expresa, propongo también mi opinión.  Eso podría darse en este tipo de situación: “Sí, a los niños a veces les gusta tocar su bimbín o su cuca; a veces les gusta mostrarlo(a) a un amigo o a una amiga.  A muchos eso les parece muy divertido; y su amigo(a) debe estar de acuerdo también, si no es así, entonces está mal”.

2. . Cuando los niños ya tienen más edad y por eso son menos explícitos, comentar un dibujo que ellos hicieron con un “guiño” del lado sexual: “Mira, ¿eso son las tetas o las nalgas de una señora?”, podría preguntar yo, inocentemente, con respecto a una nube con una forma parecida”.  Respuesta más frecuente: una explosión de risa y una negación (¡y con razón!).  Pero así les hago saber que, frente a mí, está permitido pensar y expresarse como ser sexual.  De la misma manera, si construimos una historia los dos juntos, yo puedo mencionar un trozo de guion sexual: “Mm… son las diez de la noche, tal vez el papá y la mamá van a ir a hacer el amor… A propósito, ¿tú sabes lo que quiere decir “hacer el amor”?  Cuéntame lo que sabes”.  Aquí también, es la apertura o el cierre presente en el discurso del niño que me indica cómo seguir: “Ok, mala idea, ¿inventamos otra cosa?”.

3. Yo también aprovecho a veces los pequeños protagonistas de los dibujos y las historias para introducir, utilizándolos como intermediarios, la idea de masturbación, de juegos sexuales e incluso de agresión sexual, con sus secuelas de sentimientos y de preguntas interiores diversificadas: “Tal vez a ella le gusta, pero piensa también que ella no puede hacerlo, que eso está mal…”.  Según cómo responda el niño:

  • yo dejo caer rápidamente mi sugestión
  • me quedo en el contexto de lo imaginario: “¿Qué dirían los padres si ellos descubrieran el juego sexual o la frecuentación de pornografía del joven protagonista?”
  • o asocio sus respuestas a la realidad de los niños en general, incluso de él mismo en particular: “¿Esas cosas pueden verdaderamente suceder? ¿Te pasaron a ti o/y están pasando todavía hoy? ¿Cómo vives eso?”
  • 4. Plantear preguntas al niño (más) directas sobre la significación de ciertas palabras (sus injurias obscenas favoritas, por ejemplo); sobre los eventos sexuales del mundo, de los que él oye probablemente hablar (las mujeres violadas en las guerras, escándalos sexuales públicos, etc.); sobre lo que él ya conoce a propósito del sexo (por ejemplo lo que sus padres o sus amigos o su hermana mayor le contaron).  

5. Preguntarle si, según él, los niños pueden ya tener una vida sexual: probablemente responderá “No”, pero yo no me quedo ahí: “¿Qué, tú crees que los niños no juegan nunca con su (bimbin o cuca)? ¿Tú crees que tus amigos no van nunca a mirar un sitio pornográfico? ¿Qué uno nunca habla de sexo en el recreo?”

Si tengo dudas sobre la significación de un comportamiento estresado o replegado sobre sí mismo del niño y si tengo un contacto positivo suficiente con él, puede ser que le pregunte si él es o ha sido agredido sexualmente, justificando mi pregunta porque eso se aplica a una cierta cantidad de niños. 

 

Si el niño está interesado por el diálogo sobre el sexo, pero que comoquiera le resulta difícil encontrar las palabras, y para mí resulta difícil no recurrir a verbalizaciones abstractas o moralizantes, el recurso a juegos de roles puede ayudar grandemente a facilitar el diálogo.  Pronto volveré a hablar de eso.  

IV. Cuando otros adultos lo descubren…

 Hay también veces en las que se produjo un evento sexual que concierne directamente al niño y del cual  él no habría hablado si el evento no hubiera sido descubierto y si no hubiera, como pasa a menudo, sacudido la comunidad adulta.

 

Hay cuatro tipos de situaciones en lo que se refiere a la responsabilidad del niño:

  • el niño es el autor indiscutible de la experiencia y ésta es, o de naturaleza abusiva, o con connotaciones de consentimiento de los participantes eventuales;
  • el niño es el autor probable, pero niega su participación o en todo caso su responsabilidad;
  • él se presenta como víctima de una agresión pero uno puede tener dudas a ese respecto;
  • hay mucha probabilidad de que él sea una víctima más o menos traumatizada.

 

Aquí también hay una gran diversidad en el acompañamiento terapéutico de esas situaciones.  Me limitaré a aquellas en las que el niño es autor y no claramente víctima, proponiendo una línea guía standard, a ser adaptada según las circunstancias:

 

  1. A todo lo largo del proceso, ¡es esencial que verifiquemos cómo anda nuestra serenidad!  Escuchar bien, comprender bien, luego emitir ideas personales sobre el sentido que tenía el evento ocurrido, lo Permitido y lo Prohibido, el deseo de transgredir que habita en la mayoría de nosotros, e incluso el Bien y el Mal, gestionar así el proceso sería perfecto. 

Al contrario,  cuando hablamos demasiado rápido, o que nos quedamos callados demasiado tiempo, es a menudo porque las emociones se apoderaron de nosotros puesto que esas experiencias ¡nunca nos dejan indiferentes! 

Así que hay que trabajarse uno mismo, en equipo o con un buen supervisor.  Por mi parte, yo siempre encuentro deplorables las intervenciones rápidas americanas que se ven en las series televisadas: “Tú no eres responsable de nada… tú no eres culpable de nada”.  Al igual que lo inverso, las graves acusaciones mezcladas a actuaciones desconsideradas: decir de modo automático “Eso es incesto” a propósito de banales juegos o exploraciones sexuales dentro del grupo fraterno[5], etc.

 2. A menudo es fructífero hacer acompañar al niño, la primera vez, por un adulto cercano a él, que esté bien enterado del evento sexual que ocurrió y lo vive de manera suficientemente serena.  Y si es posible, que sea del mismo sexo del niño (su padre para un muchacho).  En este primer encuentro, yo pido al adulto que cuente la mayor parte de la experiencia juzgada como problemática y los comentarios y reacciones que siguieron.  No me dirijo al niño más que para que haga algunos comentarios y dé precisiones que apoyen el discurso del adulto.  Hago que me den detalles y a veces reacciono matizando o desdramatizando, si es pertinente hacerlo.

3. A seguidas recibo al niño solo[6] y a menudo comienzo por hablar de otras cosas con él: sus actividades cotidianas, sus intereses, su vida de familia, lo que él quisiera… A menudo le pido que haga un dibujo de lo que él elija, el cual a menudo resulta cargado de agresiones hacia los débiles por parte de los fuertes, de violencia y de muerte: es porque, por el momento, la Instancia paterna lanza rayos arriba de su cabeza, además de que él tampoco sabe cómo yo voy a reaccionar: ¿acogedor, o también en cólera?  Yo trato entonces de desdramatizar el peso de las transgresiones eventuales cometidas en el dibujo, y de reconocer y atenuar la crueldad de las sanciones merecidas, siempre con respecto a lo que pasa en el dibujo.  Al proceder así, quiero mostrarle que me intereso por el conjunto de su persona, sin reducirla al evento sexual del cual él es el autor y por el que le hacen reproches.

 4. Pero eso se convertiría, sin embargo, en una evitación por parte mía y una fuente de desconfianza y de incomprensión para el niño si yo no propusiera, al mismo tiempo, una focalización sobre la experiencia sexual problemática[7].   En este contexto, que no es el de la medicina legal, me gusta poner cómodo al niño mostrándole que no le tengo miedo a las palabras (ni a las cosas…) y que no voy a masacrarlo si nos ponemos a hablar de ese tema.  Yo pongo en marcha la máquina, retomando lo que he oído por parte del progenitor que lo acompaña: “Entonces, tu papá me dijo que los encontraron desnudos en tu dormitorio, tu prima y tú… y él incluso tuvo la impresión de que ella tenía tu bimbín en su boca… eso fue lo que él dijo… ¿fue eso lo que él vio?” Yo invito entonces al niño a que “entre dentro de mi discurso”, y a decirlo con sus propias palabras, o a matizar “el acto central”. 

Eso va a provocar un va-y-viene entre la evocación de los hechos, la de las emociones y las reacciones que él provocó, y una búsqueda del sentido que reviste para el niño esos actos que realizó.  Si él trata de desresponsabilizarse, como es a menudo el caso (“Fue otro que me dijo… fue ella quien quiso”), yo escucho primero sin comentarios ese primer movimiento y continúo mi exploración mezclando con su descripción mis palabras de aliento, mis ecos empáticos y, poco a poco, mis ideas: “¿Por qué los niños hacen eso a veces? ¿Cómo viven eso los padres? ¿Y yo, qué pienso de eso?”.   Si el ambiente se vuelve pesado, luego de diez… quince minutos de centrarnos sobre el tema, le propongo hablar de nuevo de otra cosa, y nos volveremos a ver más tarde o en ocasión de una consulta ulterior sobre la temática sexual.

 5. Para brindar sostén a la palabra del niño, a menudo yo me apoyo sobre el dibujo, el juego con algunos pequeños personajes (marionetas, Playmobil, etc.) y más aún sobre los juegos de roles.  Con éstos últimos, tengo la costumbre de tomar, para comenzar, el rol de un niño parecido a mi joven cliente, quien está preocupado por una experiencia sexual parecida a la que el joven real que está frente a mí vivió.  A éste le propongo que tome el rol de un doctor a donde quien sus padres enviaron al niño-actor (¡o sea, yo!) consultar sobre una temática sexual.  Mi rol de niño implicado me permite expresar emociones difíciles de verbalizar: desde “Tengo vergüenza” o “No tengo deseos de hablar con ese doctor” hasta “Me siento culpable” o “Eso me produjo placer… después de todo, ¿qué es lo que me reprochan?”. 

El juego de roles permite también contar hechos delicados (por ejemplo una sodomía, un acto de zoofilia, una exhibición ante un niño pequeñito…) y de plantear preguntas sobre la sexualidad infantil, su realidad, su sentido y su encuadre… Frente a mí, el “doctor” reacciona, también me hace preguntas y me da respuestas, que son siempre interesantes.  Éstas son, a menudo, de tipo fuertemente represivas, pero no siempre: ciertos niños, jugando el rol del adulto, expresan de una vez ideas muy justas, hedonistas o egocéntricas sobre la sexualidad.  Otros muestran una gran ignorancia o ingenuidad.  Después nosotros intercambiamos los roles y finalmente conversamos: yo hago comentarios sobre lo que intercambiamos en el juego de roles e intento transmitir informaciones y proponer valores a propósito de la sexualidad, esencialmente aquellos que me parecen corresponder con las Leyes naturales, por ejemplo: la sexualidad no debe jamás hacer sufrir al partenaire eventual, sobre todo al presionarlo o ejercer violencia sobre él; el sexo es una aventura o un placer compartidos donde uno se ocupa también del bienestar del otro; se practica entre gente del mismo grupo de edad y del mismo estatus generacional; somos nosotros quienes debemos dirigir el placer y no lo contrario, etc.

Además, yo entreno al niño para que diferencie entre la transgresión de las Leyes naturales y la transgresión de las reglas: por ejemplo, si hay un juego sexual libremente consentido y descubierto en la escuela, los institutores no estarán contentos y sancionarán, porque el acto realizado va contra las reglas de la escuela.  No es por eso que está verdaderamente mal, pero es imprudente: más vale entonces respetar las reglas ¡o mostrarse muy prudente si uno las desafía!

 

En un ambiente así, la mayoría de los niños termina por comunicar claramente y significativamente.

  • Pero no todos: en alrededor 20% de los casos, los niños se bloquean o se muestran muy hostiles y ningún diálogo se logra instalar, incluso con mucha paciencia. Entonces, me ha pasado que yo hablo delante el niño a un tercer personaje virtual muy parecido a él, sin pedirle que me responda: “Yo quisiera que me escucharas y sobre todo que no me respondas.  Voy a hablar con (tal marioneta): dijeron que era una niña de once años, quien había pedido a su primito de ocho años que jugara con su bimbín”.  En otros casos, detecto que existe un progenitor (u otro adulto cercano) suficientemente sereno, y entonces hablo con él en presencia del niño sobre lo que pasó y qué es lo que yo pienso.
  • En otros casos, el niño habla pero yo sospecho que miente, aunque sin saber hasta qué punto, por ejemplo al minimizar su responsabilidad (“Fue el otro que quiso”). Por consiguiente, me encuentro en la duda, lo cual puede reducirse… o no, pero que siempre puede resultar tomado en cuenta.  Me falta espacio para explicar cómo yo trabajo en este ambiente de duda, pero ya traté ese tema en el artículo Adolescentes actores de abusos y pseudo-abusos[8]: en el párrafo III del artículo  propongo un estudio de caso ficticio, en el que la duda permanece entera y en que el acompañamiento es totalmente posible. 

 

  Acompañar en la duración.

 

Evocar con el niño su sexualidad, la cual se expresó en un momento preciso de su vida, eso ya es importante para su bienestar; pero más allá de eso, salimos ganado si situamos las ideas o los actos del niño en una trayectoria de conjunto, y lo posicionamos prudentemente entre las grandes categorías del desarrollo de la sexualidad.  De ahí se puede desembocar en diálogos y actitudes pedagógicas o psicoterapéuticas mejor adaptadas a su tipo de sexualidad de ese momento y a su persona. 

 

En un rincón remoto de un patio de recreo, un pequeño grupo asistía a la “puesta en boca” del bimbín de uno de los actores.  La significación más profunda de esta experiencia puede ser variable y muy diferente de un niño a otro: curiosidad y experiencia científica; identificación con los adultos, con un toque de desafío; búsqueda erótica precoz; necesidad de dominar, de someter; necesidad de llevar eso a cabo con el fin de liquidar un traumatismo, etc.

 

No obstante, debemos conservar la sensatez: es cuando adultos serenos[9] están preocupados ellos también, que el diagnóstico debe tomarse el tiempo de profundizar, para referir a ciertas estructuras.  Pero en la mayoría de los casos, la actividad sexual que sin embargo escandaliza a los educadores directos, luce mucho más normal a los ojos de un observador “neutro”: por ejemplo, un juego sexual ordinario realizado por un niño que muestra todos los signos de que él va bien.  Entonces, nosotros podemos limitarnos o atenernos a una investigación más ligera del niño y a ayudar más a los educadores a comprender sus propias emociones y el porqué de las razones de sus intervenciones.

 

 

  1. ¿Algunas investigaciones?

 

Teóricamente, siempre es posible realizar investigaciones más profundizadas que nos lleven a comprender mejor.  En la práctica, las cosas resultan ser diferentes: las fuentes potenciales de información que voy a enumerar pueden ser ignorantes, volverse rápidamente crispadas por la angustia o la desconfianza, ser mentirosas… o lúcidas o colaboradoras.  ¡No siempre es fácil evaluar bien la confiabilidad de lo que uno escucha!

 Diferentes fuentes podrían permitir darse cuenta mejor de qué fue lo que pasó, lo que se vivió y cómo se organiza la sexualidad del niño:

 ---- El niño mismo, de quien yo acabo de describir cómo ayudarlo a expresarse.  También podemos preguntarle cómo le llegó la idea de hacer lo que hizo, dónde aprendió, e incluso si otros lo invitaron o forzaron a realizar actividades sexuales. ¿Fue esa la primera vez, u otras prácticas habían ya tenido lugar? ¿Qué conoce él sobre la sexualidad? ¿Él tiene preguntas o preocupaciones con respecto a eso? ¿Cómo él evalúa lo que hizo? ¿Cómo los adultos reaccionaron y qué pensó él sobre esa reac

---------Eventuales testigos adultos pueden informar sobre tal o cual escena sexual.  Es importante pedirles que sean muy precisos: lo que vieron; lo que el niño les dijo; ¿cómo ellos reaccionaron?

Si ellos no son testigos o interlocutores de primera mano, ¡atención a las deformaciones e interpretaciones que muy rápidamente se infiltran!  La narración precisa de los hechos se ve entonces dificultada u obstaculizada por el conformismo de ellos o lo inverso, o par las emociones fuertes.  Por eso a menudo vale la pena tratar de tener acceso a un testigo de primera mano.

 ---- Más los testigos son allegados del niño, más ellos pueden dar informaciones más amplias: ellos ya pudieron observar previamente los indicadores de la sexualidad del niño que pudieron intrigarles (comportamientos, preguntas, comentarios, etc.) ¿Le proporcionaron ellos educación sexual o/y a veces tienen lugar intercambios de ideas alrededor del tema de la sexualidad? ¿Qué piensan ellos sobre la sexualidad de los niños? En sus propios recuerdos, ¿hubieron eventos relevantes ligados a su propia sexualidad de niño? ¿Cómo reaccionaron sus padres? ¿Esos eventos pudieron influenciar la manera en que ellos viven y hablan en el día de hoy sobre la sexualidad?

 ---- Más ampliamente, un mejor conocimiento de la personalidad del niño nos permite hacer hipótesis razonables sobre la manera en que él maneja su sexualidad.  ¡Pero cuidado con las correlaciones demasiado precisas y con las simplificaciones!

Ciertamente, un niño habitualmente egocéntrico, dominante y hedonista pondrá en práctica, con mayor probabilidad que otro, una sexualidad sin escrúpulos donde él somete a su “partenaire”.  Pero los niños que tienen la reputación de ser equilibrados emocionalmente pueden vivir momentos difíciles en los que pierden el rumbo: venganza contra un niño más pequeño que es sobreprotegido por sus padres y a quien ellos quieren ensuciar a través de la sexualidad… Sugestión recibida a través de internet y episodio de zoofilia el miércoles en la tarde, en la soledad del apartamento compartido con un perro tan gentil, etc.

 

 Al concluir una primera fase de investigación, deberíamos poder tener una idea más precisa sobre: lo que pasó concretamente y las eventuales experiencias sexuales previas; cómo los adultos reaccionaron; lo que el niño piensa y vive con respecto a todo eso; un esquema de su recorrido sexual, del sentido y de los valores que reviste para él la sexualidad, de sus eventuales angustias, culpabilidades y confusiones de ideas. 

Sin embargo, esto es una perspectiva ideal: incluso con experiencia, yo no siempre pude ver más claramente ni los hechos, ni mucho menos cómo estos se integraban en una estructura.  Por eso a veces hay que continuar acompañando al niño y velando por él, aunque estemos sumidos en la ignorancia o en la duda.  Pero éstas no impiden ipso facto el tomar la palabra y tomar decisiones responsables, tanto por parte de los educadores del niño como por parte de sus terapeutas[10]

 En todos los casos, nuestro nivel de vigilancia debe intensificarse sin disminuir en el transcurso del tiempo, si pensamos que nos encontramos ante algo preocupante: la recaída es posible, incluso después de promesas desgarradoras; y por un psicopatólogo, la recaída – ¡incluso una sola vez después de cuatro meses!- constituye siempre una señal preocupante: ella indica que algo está muy fijado o anclado en la estructuración sexual y la personalidad del niño. 

Las principales categorías del funcionamiento sexual.

 Nosotros a menudo podemos retirar, del proceso diagnóstico, la certeza razonable de que el niño se sitúa dentro de una de las siete categorías de estructuración y de gestión de la sexualidad que yo he identificado a lo largo del tiempo[11]. Ellas no se utilizan para posicionar al niño víctima de una espina sexual o de un abuso más grave, sino a aquél que deseó y planificó el gesto sexual en cuestión.

 

Me falta espacio para exponer esas categorías en detalle.  Ya lo hice en el libro La sexualité des enfants (La sexualidad de los niños, Ed. Odile Jacob, 2004), a la lectura del cual les remito.  Aquí están resumidas:

  1. Del 65 al 80% de los casos, las actividades repetidas dependen simplemente de una progresión, a veces un poco errática pero fundamentalmente normal, de la sexualidad.  No olvido, sin embargo, que “normal” no quiera decir lisa[12] y que tropezones evidentes y transitorios pueden formar parte de un desarrollo “suficientemente bien” normal, portador de esperanza de una vida sexual satisfactoria, agradable y sociable: tal niño se extravía durante algunas semanas del lado de la zoofilia; tal otro, arrastrado por el ambiente que impera en un grupito, participa de la brutalización sexual de un niño más pequeño; otro se introduce transitoriamente cuellos de botella y otros objetos dentro del ano… Y luego ellos recuperan la libertad interior, la sociabilidad y los caminos sexuales más habituales.
  2. Del 15 al 25% de los actos descubiertos o revelados se explican principalmente bajo el imperio de la angustia o de la culpabilidad… y paradójicamente eso incluye angustias y culpabilidades que se refieren a la sexualidad misma: verificaciones más o menos brutales sobre sí mismo o sobre los otros, compulsiones masturbadoras, inquietudes sexuales excesivas, etc.
  3. 10 a 15% de los actos repetidos son realizados por niños hedonistas, poco socializados, poco empáticos, que tienen una sexualidad inmoderada, precoz y abundante.  Ellos frecuentan, a veces involuntariamente, otros niños de más edad, o adultos.
  4. Luego siguen factores de explicación netamente más raros (1 al 3 % de los actos repetidos, para cada una de las categorías siguientes):
  5. --- Algunos niños cometen intencionalmente uno o varios abusos sexuales, movidos por las mismas motivaciones de los adultos (búsqueda del poder y del placer).  El fenómeno es más a menudo transitorio que muy repetitivo y puede combinarse con otras categorías evocadas aquí (sobre todo la perversión, y luego la ausencia de autodominio).
  6. ---Los niños que están en búsqueda de afecto pueden ofrecer sus cuerpos para sentirse amados: niños con carencias o niños narcisistas que quieren ser los privilegiados o preferidos exclusivos de alguien de mayor edad.  No retroceden ante el incesto
    1. ---Las perversiones sexuales que resultan crónicas y más o menos invalidantes pueden comenzar durante la infancia y agravarse a lo largo de la vida (un único ejemplo, el infantilismo sexual[13], del que se estima que 10% de los casos comienzan alrededor de los 10-11 años).
    2. ---Recordemos que, sin embargo, incluso los niños normales pueden pasar por una fase exploratoria en la que se centran en actos sexuales bizarros, perversos, pero sin quedarse fijados[14].
    3. ---Para terminar y para que conste en vista de su poca frecuencia: cuando existe un trastorno significativo de la identidad sexual, el niño puede adoptar actividades sexuales que niegan su género objetivo y se acercan a los comportamientos atribuidos al otro sexo (por ejemplo, un sissiboy[15],  muy aficionado a los placeres anales (“pasivos”), quien se ofrece a los pedófilos alrededor de sus 10-11 años).

 Notas

 

[2] Yo considero, sin embargo, que un nivel de represión moderada sería conveniente por parte de los educadores en lo que respecta a los más jóvenes: “Tu eres demasiado pequeño para actuar como lo hiciste…”.  Pero esta represión no debería ir acompañada de violencia, de culpabilización excesiva o de chantaje afectivo.  De hecho, el niño debe conquistar su territorio sexual, ¡y frecuentemente sin requerir el consentimiento de los adultos!

[3] El concepto de espina sexual está detallado en el libro La sexualidad de los niños (Odile Jacob, 2004, p p160 y siguientes)

 

[4] Quienes me conocen saben cuánto me agrada la expresión creada por D.W. Winnicott: él decía que la verdadera Buena madre no es más que aquella que es “suficientemente bien buena” (Winnicott, 1974).  Dicho de otra manera, que el exceso perjudica al bien, y que la perfección es imposible.  Por mi parte, yo aplico esa expresión a muchas situaciones humanas.

[5] Con respecto a las actividades sexuales dentro del grupo fraterno, yo distingo tres categorías que describo en el libro La sexualité des enfants (La sexualidad de los niños), Odile Jacob, 2004, p. 146 y siguientes.  El verdadero incesto puede existir, estructuralmente hablando, pero constituye, y de lejos, la categoría más rara.

 

[6] Si se trata de una consulta generada por una problemática sexual que ya fue revelada, yo recibo al niño dos o tres veces antes de una nueva sesión de puesta en común con los padres.  Permanezco siendo quien decide, en función de la naturaleza de lo que oigo, qué es lo que permanecerá confidencial o no.  Si lo prometí, ¡debo mantenerlo! Si el niño ya estaba en terapia, yo habré dedicado una sesión a recibir al adulto y al niño, como describí.  Luego, la terapia retoma su curso.  Tal vez existirá en un breve lapso de tiempo una nueva sesión de puesta en común padre(s)-niño, pero limitándome a lo que haya sido establecido en los compromisos generales a propósito de la confidencialidad.

[7] De ahí la necesidad de reservar tiempo suficiente para esta consulta principal: una hora y media me parece un mínimo.  Precipitar o apurar las cosas, sin seguir el ritmo del niño, eso nunca ha hecho avanzar el diálogo. 

[8] Hayez J.-Y., Ados auteurs d’abus et de pseudo-abus, Neuropsychiatrie de l’enfance et de l’adolescence,  2010, 58-3, 112-119. .

[9] Por ejemplo, nosotros los psicoterapeutas estamos a menudo más serenos que los educadores directos del niño cuando éstos se ven confrontados a las sex-aventuras.  ¡Pero cuidémonos de generalizar!

[10] Lo repito: la duda a veces persiste y no debería paralizar ni la palabra ni la acción: ver la nota en pie de página 10.

[11] Esas categorías constituyen, sin embargo, como si fueran polos de una figura geométrica poliédrica: en los hechos, cantidad de niños pueden ser posicionados dentro del poliedro, o sea “entre” polos extremos; ¡y esas posiciones son susceptibles de evolucionar lentamente a lo largo del tiempo.

[12] Tampoco olvido la imprecisión relativa y las connotaciones subjetivas del término “normal” y sus fronteras.

[13] Necesidad de vestirse y actuar como bebé para excitarse sexualmente.

[14] Para más detalles, ver el artículo Bizarreries sexuelles, comportements pervers et franches perversions chez l’enfant (Rarezas sexuales, comportamientos perversos y francas perversiones sexuales en el niño), en: Neuropsichiatríe de l’enfant et de l”adolescent, 2003, 51-8, 224-232.

[15] Muchacho que habla y se comporta de forma delicada, que prefiere los juegos de las niñas y sueña con vestirse como ellas.